“Eso es morir”


sonreir

Abrió los ojos y pensó: “Eso es morir”.

Luego, como un rayo veloz, sonrió.

Sonrió porque sabía que venció no solo a la muerte sino también al desamor.

Sin saberlo fue al encuentro con la muerte al ir a una casa ajena ¿a qué? Hoy no  lo recuerda con claridad pero vagamente se acuerda que el motivo, o los motivos, eran las hijas de la familia que habitaba la vivienda.

¿Quizá fue a impartirles clases? Tal vez. Hoy ya ni importa la razón.

Su primera visita encadenó otras tantas idas a esa casa que, como obra de un encantamiento, lo atraía día tras día. Con el tiempo no fue raro verse salir con la familia y compartir con ella paseos y actividades.

Como aquella salida en auto a cuyo asiento posterior subió para recorrer, a la luz del día, las calles hasta una casa más imponente. ¡Cómo olvidar esos pasillos subterráneos donde caminó riendo con sus nuevos amigos, esa familia, hoy misteriosa y querida!

Un súbito y sorpresivo pánico recorrió su cuerpo cuando escuchó la invitación para meterse a una alberca donde había jóvenes divirtiéndose; su temor al ridículo desencadenó un bombardeo de adrenalina que se extinguió cuando la joven hija río a carcajadas y descartó que era una obligación entrar a la piscina, mas ella sí entró y casi de inmediato comenzó un ritual amoroso con un joven.

Poco después, ya de regreso a la casa de la familia, el hijo pequeño, de 10 o 12 años,  peleó o, más bien, se quejó de que perdió, le quitaron, un juego. Del berrinche no quedó nada cuando le entregaron un juego nuevo y él, feliz, corrió a su habitación.

¿En qué momento pasó a vivir, como huésped, en esa casa? No lo sabe, o no lo recuerda. En cambio, sí se acuerda que vivió con ellos la muerte del anciano esposo de la abuela de la familia y, poco después, el deceso de la abuela, a quien recuerda con nostalgia por su trato amable y sonriente.

Los sucesos extraordinarios rara vez tienen cabida en las vidas sencillas. Pero uno llegó a su vida en la casa de sus anfitriones.

O, más bien, le ocurrió poco después de salir de esa casa familiar para ir a una tienda. Caminaba en la calle para llegar a la avenida donde se ubica el comercio cuando, de pronto, sintió que el viento lo levantó y llevó veloz; con el terror de saber que iba a morir ese día vio que se acercaba a la avenida donde cruzaban autos y camiones.

Inesperadamente al llegar a la vía, fuente de su terror, no cruzaba ningún vehículo y el viento lo hizo doblar a la izquierda en la avenida y seguir avanzando hasta estrellarlo contra la fachada de la tienda. Fue en ese trayecto espantoso que, por el rabillo del ojo derecho, vio a la vera de la vía a una mujer anciana y andrajosa.

Inevitable fue, tras sobreponerse al susto y al golpe, caminar hasta esa mujer y hablarle. Ella contó la tragedia que vivía. Su familia la llevó al auto destartalado y abandonado a la vera de la avenida y, como si fuera un perro, la dejó ahí, sola, a esperar a la muerte.

Sin dudarlo, se la llevó consigo a esa casa; sin saberlo en ese momento, tenía la seguridad que la aceptarían también a ella. Así fue, aunque quizá sí notó algunas caras de sorpresa en sus anfitriones. No obstante, la abuela recibió un cuarto y el calor de un hogar.

El día de su muerte llegó y tampoco lo supo entonces. Hoy, a posteriori, recuerda que salieron en el auto en la mañana. No importa a dónde fueron porque regresaron risueños y platicadores.

Entonces se enteró que ellos aceptaron ayudarle a llevar a los hechos su decisión de morir.

Pocos días después su odio a los cielos nublados se reforzó porque fue una tarde nublada cuando le dieron el último adiós con abrazos y hasta con poemas escritos en grandes carteles que colocaron en edificios alto y luego leyeron en voz alta.

Aceptar la muerte no es fácil. Ni siquiera cuando uno mismo la elige. Lo descubrió cuando vio la enorme jeringa con la sustancia que le causaría el sueño eterno.

Miedo, miedo al dolor, sintió.

Y se negó a aceptar el pinchazo.

Hasta forcejeó con el joven que con fuertes brazos luchaba para imponerse y  suministrar la dosis mortal. Quien sabe cómo logró quitarle la jeringa e invertir los roles.

Mas fue incapaz de cumplir sus advertencias de que él recibiría el pinchazo mortal porque, ante el poder de las  palabras de él, terminó por abrazar a la muerte.

Así aceptó la dosis mortal.

Curiosamente, el pinchazo lo recibió en el cuero cabelludo. Quién diría que la muerte llegaría por la cabeza.

El miedo regresó y le hizo gritar, implorar.

Les gritó que lo lleven a un hospital pero poco después, con resignación, les gritó: “Bueno, no me lleven si lo que quieren es que yo muera”

En la penumbra se vio  a sí mismo en brazos de alguien, yaciendo en el suelo y mirando cómo el líquido corría e inflamaba las venas  en sus piernas. Solo entonces comprendió que no escaparía, que la vida se le escapaba para siempre.

Lo último que vio, ¿o recordó? fue ese cuarto donde admiró dos grandes espejos con marcos de madera y con los nombres de las hijas grabados en el cristal, ¡cuánto deseó en vida comprar y tener uno similar para disfrutar de su belleza solo para sí!

Su vista, o recuerdo, luego se deleitó con ese piano tantas veces visto sin partituras, ausencia que era señal de que ya nadie le daba música a su vida.

Y ese reclinatorio, recuerdo de alguna celebración religiosa en la vida de esa familia, arrumbado junto a otros muebles de madera y terciopelo rojo en un rincón atrás del sencillo piano.

Su último recuerdo fue una cara. ¡Cómo deseó que se vieran cara a cara en ese momento!

Así es la muerte. O así vivió su muerte.

El último cuadro de esta puesta en escena de la vida/muerte comenzó consigo de pie viéndose a sí mismo yacer, curiosamente, en un abierto cajón de un enorme mueble. Se vio a sí mismo con los ojos cerrados y la cara tranquila, como si solo durmiera, y abrazando firmemente un bolso, que contenía herramientas de un oficio y descubrió, en ese preciso momento, que ¡quiso ser estilista!  ¡Vaya revelación que le daba la vida ¿o la muerte?!

La última sorpresa fue verse a sí mismo, el que yacía en el cajón, abrir los ojos y mirar esa cara que quiso ver antes de tomar de la mano a la muerte. Y, veloz como un rayo,  sonrió.

***

Hasta hoy no sabe si, en efecto, murió y la muerte le dio la bienvenida con aquel a quien ama. O si en realidad no falleció ¿o revivió? y la vida le regaló no solo más vida sino también a su amor.

Como sea. No necesita saber, le basta sonreír.

 

 

 

 

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