Hombre/Mujer ¿Equidad?


 

La palabra, el verbum, es nuestra herramienta para   poner límites, definir,  a cada idea, a fin de que las ideas no se conviertan en un caos.

Ejemplos de ellos son los términos hombre y mujer, o varón o mujer.

Desde hace siglos ambas palabras las concebimos como mutuamente excluyentes.

O se es hombre o se es mujer.

Aunque se  acepta que un hombre sea femenino y una mujer masculina, se les nombra con palabras peyorativas. Puto -variante masculina de la palabra más ofensiva que nuestra sociedad inventó para denigrar a la  mujer- o tortillera en nuestro peculiar habla yucateco son sólo dos muestras de lo violento que es el rechazo a los “no socialmente adaptados”.

Yo, hasta hoy, no sabía el  origen de las palabras mujer y hombre, mujer y varón.

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Del Diccionario Manual Latino-Español y Español Latino, 1941, de nuestra biblioteca familiar

Una breve revisión de la etimología nos dice que mujer viene del latín mulier, de molleris, aguado, blandengue, según el sitio  etimologías.dechile.net, que también señala que mullere hipotéticamente se relaciona con la voz latina mollis, que significa blando, suave, tierno -¡Qué tierno!-, así como agradable, deferente, afectuoso e, incluso, afeminado y debilitado.

¿De ahí que a la mujer se le considere el sexo débil?

La palabra hombre es curiosa, peculiar, también. Etimológicamente, homo significa hombre adolescente. O sea, figurativamente, un hombre que florece

Varón se dice que es una palabra que tiene su origen en el latín vir y que significa fuerte.

Así, tanto homo y varón parecen excluir a los niños y ancianos.

Irónicamente en esta época en que  se vende el discurso de la equidad descubrimos que desde nuestras palabras construimos un mundo de exclusiones. Yo, tú, él, ella…

El absurdo de la equidad en un mundo de diferencias.

Si todo fuera igual ¿qué sentido tendría ser hombre o mujer?

Opino que más que luchar por el empoderamiento de la mujer, o el “desempoderamiento” del hombre, debemos centrar el discurso en los derechos del hombre, aquellos que desde 1789 en Francia se declararon como derechos naturales que no se pueden extinguir.

El principal, la libertad, no se debe obsequiar o regatear dependiendo de si se es hombre o mujer. El derecho a elegir, a decir sí o no, no debe depender de los genitales que uno tenga.

Desde hace años el principal objetivo de muchas mujeres -no de todas, porque hasta las mujeres somos diferentes- es que dejen de asignarles como ley natural los roles sociales de ama de casa, obligatoriamente madre -ahí tenemos a las abortistas-, sumisa, sacrificada… todo aquello que les recuerde el discurso de que no tienen el sacrosanto derecho de hacer lo que les dé la gana… como sí lo tienen los varones.

¿Quizá? Debemos aprender a dejar de vernos como hombre o mujer y empezar a vernos como persona. Pero eso, precisamente eso, es lo difícil y lo menos divertido.

La sal de la vida es la diferencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

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