Assassins


arabia

Para alguien que se lamenta de no tener fuerza en las manos fue sorprendente verse a sí mismo tomar al aire un enorme cuchillo, clavarlo en el pulmón derecho del imponente intruso, sacarlo rápidamente sin titubear al ver que para él fue como si le pinchara un alfiler y, entonces, con una fuerza salida de quien sabe donde rebanarle en dos la cabeza cortándole a todo lo ancho la boca y, como cereza del pastel, clavarle el enorme cuchillo en el corazón.

¿Fue un éxtasis de locura o una sobredosis de adrenalina para sobrevivir?

Quizá ambos. Porque cuando uno ve su vida amenazada ¿acaso no pierde la razón y está dispuesto a hacer locuras?

En su caso fue el clímax de una historia que comenzó en una casa con un amplio solar, la cual fue hasta donde recuerda su primer refugio familiar y donde vio de cerca de esas hordas de muertos vivientes caminando entre los árboles, buscando gente viva viva y sembrando pánico en los corazones de los vivos que no quieren morir y menos morir para ser comida primero y después muertos vivientes.

A hurtadillas les vio acercándose a la casa y su corazón tembló como la llama de una vela al viento. Sintió el miedo recorriendo primero su piel y anulando luego su mente. Pero él vino, le abrazó y le salvó de enloquecer de miedo.

Rápidamente nos ordenó a mí y a sus hijos que nos metiéramos al auto familiar con todos los víveres y pertenencias que pudiéramos llevar con nosotros, mientras él se enfrentaba a los primeros que allanaban la vivienda.

Fue ahí donde él aprendió que no basta con clavarles un cuchillo para matarles definitivamente, sino que hay que rebanarles la cabeza o destrozarles el corazón. Yo lo aprendería mucho después.

La huida obligada de noche exprimía y acrecentaba mis mayores temores a la obscuridad y lo desconocido. Ese viaje familiar en auto es el peor de mi vida pero, a la vez, fue el renacer de la confianza en que él sabría mantenernos vivos vivos.

Detuvo el vehículo ante una casa con una enorme reja y en la semioscuridad vi personas moviéndose sin saber con certeza si eran gente viva o muertos vivientes. No entramos en ella sino él eligió una aledaña construcción que tiene un portón grande en la parte posterior.

Hoy lo sé para mi propia tranquilidad pero entonces desconocía que ahí haríamos un descubrimiento maravilloso.

Por las ranuras del portón a diario veíamos a esos seres otrora humanos andar de aquí para allá, así fuimos aprendiendo sobre ellos, mientras día a día consumíamos nuestra provisión de agua y comida.

Tras ese portón existe un jardín hermoso que a mí me hizo imaginar que es el Edén, aunque lleno de temidas criaturas, de esos muertos vivientes. Yo me preguntaba: ¿A quién se le ocurrió edificar este cuarto para ocultar de la vista callejera ese jardín y esa bella casona adornada con un par de escaleras que se encuentran ante la puerta principal?

Si no fuera por esos inquilinos indeseables esa sería mi casa de ensueños.

Y lo fue.

Todo cambió el día que él decidió abrir ese portón sin emprender fuga alguna. Yo sentí terror, los niños no sé que sintieron, pero él aseguró que no había nada qué temer. En efecto, esas criaturas fueron entrando a nuestro ex refugio, paseando cerca de nosotros sin atacarnos y, lo mejor, nos fueron reconociendo como parte de su grupo sin que yo hasta hoy supiera la razón de ello.

Ese descubrimiento, de que no todos son depredadores asesinos, cambió mi vida, me dio esperanzas de que no tenía que estar todo el tiempo escondiéndome o huyendo.

Comenzó entonces nuestra vida tranquila entre esos seres. Poco después decidimos ir por nuestros familiares para traerles a este Edén.

Mi abuela fue difícil de convencer, ella decía que ya era demasiado vieja para querer huir de la muerte. Tuve que poner filas de su jabón preferido ante su vista y decirle que uno es novísimo, otro está algo gastado, otro un poco más y así sucesivamente hasta llegar al jabón a punto de extinguirse pero que todos son hermosos, sin importar el tiempo que llevan, porque existen. Sólo así aceptó tomar unas pocas pertenencias y subirse al auto. Aún la recuerdo sentada en esa mecedora mientras yo alegaba para que quisiera vivir más y con nosotros.

A mi familia se le unieron desconocidos que fuimos aceptando para que vivieran también con nosotros y esas criaturas inofensivas.

Pero, como en la Biblia, en el Edén sobrevino la traición sin que el fundador se percatara a tiempo que una serpiente se enroscaba en el corazón de ciertos humanos vivos vivos.

Un día un compañero vino a decirle que algunos se querían marchar y hacer su vida aparte. Él les deseó un feliz andar y aquí acabó el asunto para él.

Los vimos partir y nos sorprendió ver que eran muchos los que se marchaban, pero jamás sospechamos. Ni siquiera cuando una horda de muertos vivientes asesinos nos obligó a tomar a las carreras nuestras pertenencias para lanzarlas a las cajuelas de los vehículos, dejando bienes queridos y preciados víveres, y huir de nuestro Edén.

Nuestra caravana se detuvo ante una imponente fuente. Algunos en parejas fuimos a las casas cercanas a buscar víveres y la gran mayoría se quedó junto a los vehículos.

Él y yo entramos a una vivienda donde no encontramos nada comestible. Cuando abría con mis últimas esperanzas el congelador del refrigerador, éste crujió y él me pidió no hacer ruido. Yo intenté cerrar la puerta del congelador tras encontrarlo vació y de nuevo se hizo el ruido para desesperación de mi acompañante. A mi tercer intentó la puertecilla se cerró pero ya era tarde, según comprendí rápidamente cuando él me dijo encógete y no hagas ruido mientras voy a buscar algo con que defendernos.

Tras verlo desaparecer en la puerta del otro cuarto de la casa, yo no me encogí sino me desinflé al ver entrar a ese altísimo y corpulento muerto viviente. Recuerdo que me pegué lo más que pude a la pared y recé como nunca lo había hecho para que no me viera en la penumbra.

Lo vi pasar tan cerca de mí y dirigirse a la puerta que antes había franqueado mi acompañante. En ese segundo escuché que éste ya se encontraba afuera a punto de ingresar por la puerta por donde entró el desconocido y corrí hacia la otra puerta; antes de cerrarla alcancé a ver que el intruso también me vio y regresaba sobre sus pasos hacia el cuarto donde yo estaba.

Al primer golpe la grande puerta de madera oscura y maciza resistió, al igual que con los siguientes, mientras mi corazón para entonces latía como tambor batiente.

Parada inmóvil ante la puerta vi como ésta comenzaba a ceder y mi pánico se acrecentó y me sentí desfallecer. Sin poder reaccionar vi que mi acompañante llegaba sosteniendo un enorme cuchillo cuando la puerta se quebraba y se lo clavaba al muerto viviente asesino mientras se fundía en el abrazo de la muerte con él.

Ambos cayeron al suelo y ambos rápidamente se pusieron de pie. Fue entonces cuando yo tomé el enorme cuchillo que volaba al aire y me convertí en asesino.

Ahora sé que todo eso lo viví en pocos segundos, pero para mí siempre será la eternidad en la que me descubrí asesino, saberme capaz de decidirme a acabar con la vida ajena.

En trance me vi luego junto con mi pareja de búsqueda afuera de la casa, las calles estaban con ligeros charcos, así que deduje que había llovido. Mientras caminábamos hacia el grupo nos cruzamos en una calle con una compañera de la caravana que hablaba por teléfono celular y decía algo como “no, por ahora no”.

Yo, como suelo hacer, no le di importancia a la charla ajena y aunque seguí oyendo su voz conforme caminábamos no entendí lo que decía.

Mas él captó todo en un segundo y me lo reveló. Ella, y su cómplice en el otro grupo que se marchó antes que nuestro Edén fuera invadido, fueron quienes enviaron al muerto viviente asesino hacia nosotros.

Me sorprendió mucho porque yo veía a esa joven hermosa de lindos vestidos como una persona bondadosa, sin sospechar que podía ser una víbora letal.

Mucho más me sorprendió cuando vi a mi pareja pasar ante la bella joven confiada y asentarle en un hombro un pez grande que comenzó a deslizarse sobre ella sin que yo supiera como es que no caía al suelo.

Mi sorpresa fue aterradora cuando le vi comenzar a comerse a esa joven llena de vida. Primero le dio grandes mordiscos en el tórax mientras ella aullaba de dolor y cuando yo creía que ella ya no podría soportar más vi al pez lanzarse a la boca y meterse en ese cuerpo. “Ya le destrozó la garganta” pensé. Pero ella no murió en ese momento, la muerte le llegó entre suplicios mientras su sangre se le derramaba por sus ojos y su nariz.

¡Qué horrible muerte!

Hoy sé que él también es asesino y quizá uno peor que yo.

Yo aún dudo si maté por locura o instinto de supervivencia y me preguntó si me gustó matar. Él mató por una traición, también me pregunto si él enloqueció en ese momento o si también mató por instinto de sobrevivencia.

Ahora nuestra caravana avanza en las calles bajo un cielo húmedo por la lluvia, hemos dejado esa fuente que creímos nos anclaría en esa parte de la ciudad, y vamos en busca del otro grupo que se marchó antes que nuestro Edén fuera invadido por

¿Estamos condenados a ser asesinos?

¿A ser vivos vivos asesinos? ¿Mas no muertos vivientes asesinos?

Anuncios