Progreso desde el mar


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Imágenes de nuestro recorrido familiar en el muelle de arcos de Progreso, ese que conecta a la terminal remota donde atracan barcos turísticos, mercantes, petroleros…

Lo primero que sentí fue frustración por no llegar a tiempo para tomar, desde el muelle de arcos, fotos del disco solar intensamente naranja siendo “comido” por el mar. Aunque  desde la playa del malecón vi al astro rey posado sobre el muelle y mostrándose plenamente en su retiro vespertino, para cuando llegamos al viaducto ya había sido cubierto por las nubes que cubrían el cielo azulado.

La frustración perdió  ante las nuevas vistas de Progreso: el muelle peatonal de madera visto desde arriba, una vista panorámica de la playa del malecón, el muelle de chocolate a la luz de las lámparas eléctricas, un cardumen junto al mismo muelle de arcos iluminado con reflectores, un yate cruzar debajo del atracadero…

Ser consciente del cambio de tonos del cielo conforme avanzaba la noche.

Oír la ciudad con su barullo de músicas procedentes del malecón a oscuras y,visto desde lejos, tenuamente iluminado.

Admirar el faro con su luz derramándose intermitentemente en la ciudad y en el mar.

Las bromas no faltaron en el recorrido entre el gentío. Yo nos vi como los zombis de The walking dead.

“¡Estoy caminando sobre el mar!” dio pie a réplicas tales como: “¡Tú eres Pedro!” y “¡Es una maravilla de Dios!”… frases que no pocos considerarías blasfemias por su alusión a pasajes bíblicos.

Los miedos tampoco se ausentaron. De ver orillas rotasdel muelle y saber que estábamos lejos de la orilla del mar y que no sabemos nadar… no pude evitar pensar que si la estructura colapsaba, por  tanto peso y de tan antiguo, yo seguro que no me salvo ni salvo a mis hijos…

Así que mi manía de  pensar hasta en las peores posibilidades también estuvo presente en esa caminata bañada por la brisa y olores del mar.

El paseo concluyó con la infaltable caminata nocturna en el malecón, donde nos autorregalamos unas marquesitas.

Para entonces, Mérida nos esperaba para la cena familiar y el maratón sabatino de películas con palomitas y helado, que se prolongó hasta las primeras horas del domingo.

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