El patio


El cielo se comenzaba a colorear de azul y blanco, tras días de tener el ánimo y la cara grises, en esta mañana septembrina.

Estaba yo hundida en mis pensamientos, como suelo hacer para huir mentalmente del trabajo físico de lavar ropa, e iba y venía de la batea a las sogas donde tiendo las prendas hasta que un movimiento ajeno me sacó de mí misma y atrajo por completo mi atención.

Hacía varias mañanas que, sí, me había fijado en esas margaritas que erguidas llenan de vida estos días nuestro patio.

Pero hoy no fueron ellas quienes conquistaron mi vista sino dos abejas que danzaban deleitándose en estas flores blancas y pequeñas que realzan el verde de las plantas que adornan.

Dos abejas que se dejaron fotografiar, hasta que una huyó, seguro por sentirse acosada por mí, pero la otra, más renuente a ceder, me mostró hasta su cara yendo y viniendo de flor en flor.

La belleza de la vida se me mostró y yo me detuve a admirarla… Allá, en la batea, se quedaron un rato inactivos el agua espumosa y la ropa… mientras yo cazaba con mi cámara algo de la vida que palpitaba en esa abeja y esas flores en mi patio…

Porque, en efecto, el patio de mi casa es particular, al menos esta mañano lo fue.

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