Crueldad


Ser crueles

La crueldad tiene, como prácticamente todo lo que existe o llegamos a conocer, varios niveles.

Sería raro encontrar a alguna persona que no es o haya sido cruel con alguien, incluso consigo misma.

Lo extravagante es aquella persona que se sirve un plato rebosante de crueldad, señal de que los escrúpulos/convenciones sociales vuelan por el aire lejos de ella.

Ellas son la prueba/evidencia de que el ser humano no es bonachón por naturaleza.

Toparse con una de esas fuentes de crueldad tiene un alto costo personal. La vida me libre de encontrarme alguna en mi andar.

Yo he conocido el horroroso caso de Helen Stoner, cuya hermana  Julia sufrió una muerte espantosa, que Helen teme vivir en carne propia.

El misterio estriba en  el medio/vehículo en que arriba la muerte en un cuarto cuya puerta y ventana están cerradas, incluso con llave desde adentro.

La única pista o hilo de la madeja es la última frase de la moribunda Julia: “Fue la banda de los lunares”.

Para mí fue un horror descubrir que “la banda de los lunares” se trata de una serpiente de los pantanos de La India que te clava los colmillos y te regala nada menos que una muerte  en segundos o escasos minutos, aunque primero te hace exhalar unos gritos espantosos, convulsionarte y caer en el sopor del cual no saldrás jamás.

A  Julia Stoner su plato de crueldad no sólo incluía “la banda de los lunares” sino varias noches en que sólo escuchó un silbido que creyó humano cuando no fue más que el siseo de la víbora en su cuarto.

Un siseo que llevó a Julia  a revelarle a Helen su preocupación de verse despertarse a las 3 de la mañana por el silbido, sin sospechar siquiera que cada madrugada la muerte rondaba su cama, hasta aquel fatal momento en que “la banda de los lunares” la mordió y le hizo lanzar tremendo alarido.

Julia y Helen eran gemelas y por esa simetría de la vida parecían destinadas a sufrir igual muerte, en una cama clavada al suelo para evitar que la movieran y con un falso cordón “de campanilla” que no tenía más función que ser el puente que llevara a “la banda de lunares” a la cama donde dormían.

Ese era el plan, hasta que la crueldad se volvió contra el cruel.

Uno siente alivio al ver que quien se tomó la molestia de preparar el cuarto de la muerte espantosa muera por su propia mano. Entonces uno piensa que el Universo, en efecto, restableció su equilibrio.

Helen se salvó y su padrastro murió y se quedó con “la banda de los lunares” enroscada alrededor de su cabeza, sobre sus cabellos, como si fuera una verdadera banda.

La noche que supe esta historia y me acosté a dormir en mi cama, mi último pensamiento fue que mientras dormía algún animal ponzoñoso podía realmente rondar o subir a mi cama y hacerme lanzar un grito de terror.

¿Quién no dirá que eso me pasa por leer por a Sherlock Holmes desvelándome y disponerme a dormir cerca de las 3 de la madrugada?

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