Latigazo


 

Ocurrió otra vez. No más cerró los ojos y los abrió de inmediato. Lleva varias noches, semanas, meses de estas noches.

Extraña aquellas en que cerrar los ojos era algo inconsciente. Era tan fácil tirarse en la cama, acomodarse como tanto le gusta, rezar y cerrar los ojos. Eso era todo.

Ahora se tira en la cama, se acomoda, reza y cierra los ojos. Sí, pero los abre como si acabara de recibir un latigazo.

Cierra los ojos y ve. Ve cuando no quiere ni espera ver, sino espera y quiera soñar. ¿A dónde se han ido sus sueños? ¿Esos sueños que prolongaban su existencia placenteramente?

Hoy sabe qué es lo último que mira cada día.

Hoy sabe que cuando baje los párpados en esta habitación oscura, se hará la luz en sus ojos.

Es una cuchillada que corta su existencia.

Es la conciencia de saberse vivo pero no saber si volverá a abrir los ojos, si volverá a ver la luz, si volverá a ver las caras que ama, si volverá a oír su propia voz, si volverá a escuchar la música… Si volverá a ser visto, escuchado, tocado, amado o, aunque sea, detestado u odiado.

Cierra los ojos y mira sus propios párpados oscuros. Entonces se pregunta ¿Tendré un mañana? y enseguida es consciente de su respiración que sube y baja su tórax, de los latidos de su sangre que corre veloz en su brazo y cabeza que se tocan…

Cada noche, desde hace meses, vive la incertidumbre de su frágil vida

 

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