Devoradores de hombres


Bastó un segundo para que toda su vida se fuera al infierno. Bellatrix pasó de estar caminando despreocupada bajo la negrísima noche a ser capturada, levantada en el aire y lanzada a un tren que de inmediato se puso en movimiento.

Fugazmente vio al cazador de recompensas que la capturó. Más bien solo le vio las manos, que por un momento se asieron del costado derecho del ferrocarril que avanzaba velozmente. No supo si él se cayó por la velocidad a la que corría la máquina o si él se dejó caer para no ser llevado al igual que su presa.

Bellatrix pensó que el desconocido debió constatar  al menos que lo que miraba era, en efecto,  un tren y su destino o ruta, porque a poco de comenzar a avanzar el ferrocarril dejó de serlo, se transformó en una nave espacial y se descarriló para volar a escasísima distancia del suelo.

Lo siguiente que sintió Bellatrix fue como el extraño vehículo de forma circular y aplastada se hacía uno con la bóveda celeste oscura y casi enseguida descender en un sitio que ella no conocía.

Tras escuchar un horrible y desconocido chillido unísono, de pronto se sintió depositada en tierra. Estaba en una plaza chica con piso de cemento,  rodeada de escasos árboles y varios jardines, e igual de oscura que la noche.

Decidida pero temerosa, empezó a caminar hacia lo que supuso eran personas, allá donde si sus ojos no le engañaban se encontraba la gente ante casas con luces rojizas.

Avanzaba mirando hacia los árboles y todos lados; buscaba a alguien conocido y le desesperaba no llegar todavía hasta alguna persona.

Su miedo crecía, pues sentía que a cada paso que daba era observada por múltiples ojos desde las no tan lejanas casas con reflejos rojizos.

Al fin llegó a donde había personas pero su corazón, en vez de calmarse, se aceleró y encogió. Todos la miraban pero nadie le hablaba.

-¿Dónde estoy? -se preguntó angustiada Bellatrix mientras pasaba su mirada en las caras que la estudiaban y ¿veían con lástima?

Lástima. Eso vio Bellatrix en los desconocidos ojos que se multiplicaban alrededor de ella y se acentuaban por la oscuridad reinante entre la débil luz rojiza que caía sobre las casas.

En toda casa que se acercó jamás se abrió puerta alguna.

Por descuido o quién sabe qué motivo, se encontró con un portal abierto, cerrado solamente por una cortina de tela. Cruzó el umbral y se encontró en una estrecha pieza, similar a un pequeño corredor, enseguida se topó con una mujer  y pensó que salía a su encuentro, pero la mirada sorprendida de ella sepultó la esperanza que apenas nacía.

De la boca de la mujer salieron sonidos desesperados, interrogativos y apresurados.  Bellatrix  logró entender que le preguntaban quién era y cómo llegó a tan desconocido, extraño, remoto poblado cuyo nombre nunca conocería.

Por inesperado que fuera, la mujer acogió a Bellatrix y les gritó que se fueran a las personas que, a los ojos de la recién llegada, parecía que esperaban que la dueña de casa la sacara a la calle.

Un chillido horrible le hizo levantar la vista al negro cielo y entre la penumbra vio a seres monstruosos voladores que caían sobre la gente en la calle, levantaban a unos y se los devoraban o llevaban quién sabe a dónde.

Dantesca escena con gritos de desesperación y dolor que, se mezclaban con los chillidos de los monstruos, ante sus ojos que no creían lo que veían a través de una ventana.

Bellatrix vio a un monstruo alado tomar por las fauces o pico a una persona que, enseguida, se hizo polvo. La revelación le llegó como relámpago: eran depredadores de humanos, principalmente niños.

Otra revelación le siguió: Los primeros que eran cazados y devorados eran los humanos seleccionados, por los propios monstruos, para vigilar los cielos y calles para detectar la llegada de humanos no invitados, no esperados.

El silencio llegó de pronto y Bellatrix se sintió morir, deseó morir de lo que fuera pero rápido, antes que ser cazada y devorada por los monstruosos seres alados.

Se lamentó no haberse enterado que su cabeza tenía un precio y, lo peor, no saber hasta ahora qué hizo o no hizo para recibir tan indeseada distinción que atrajo al maldito cazarrecompensas que de seguro ni cobró sus 30 monedas de plata.

Bellatrix se juró que jamás saldría de esa casa donde le dieron fría acogida. Fue incapaz de cumplir su promesa que se hizo a sí misma. Sin saber cómo estaba en la calle y buscaba dónde refugiarse del batir de alas que se escuchaba llegar del cielo.

Su corazón se paró un segundo que fue eterno cuando cerca de ella vio a sus dos hijos que miraban alrededor sin comprender qué sucedía.

¡Sus angelitos jamás habrían hecho algo para merecer el mismo destino que ella! Un dolor insoportable cruzó su ser y le dio el poder de doblegar su terror, llegar hasta ellos y cubrirlos con su cuerpo mientras  ávidamente buscaba un sitio donde no llegara luz alguna y estuvieran fuera de la mirada de las monstruosísimas aves rapaces.

Al tiempo se quitaron de la iluminada ventana de una construcción en ruinas mientras se acercaba un alado monstruo.

Cubiertos por la sombra de una pared, en la oscura noche, Bellatrix descubrió, cerca de ella y sus dos hijos, al amor de su vida, a sus hermanos y hasta a su propia madre.

Bellatrix no soportaba creer tamaña desgracia. Todos compartían su destino. ¿Qué había hecho? Su mente, su memoria, se negaban a recordar la aciaga hora que los llevó a todos a estos horripilantes momentos que parecían perpetuos.

Su mente se paró en seco cuando un monstruoso ser aterrizó ante ellos ocultos en la sombra y comenzó a husmear. Un susurro corrió entre la familia de Bellatrix enfilada con la espalda contra la pared: ¡No respiren!

Irónicamente Bellatrix fue la única que no pudo obedecer su propia orden por más que trató. Su fracaso rotundo llegó cuando contenía el aliento y su mente la traicionó evocando que había comido carne el día ese que fue alzada del suelo y tirada al engañoso tren.

Fue marcada por el monstruoso ser, en lugar de ser devorada, y en el aire el silencio se rompió por una voz que ordenó que quienes no fueron marcados abordaran los vehículos que los llevarían a su casa.

A Bellatrix le pareció como si hubiera terminado una edición más del juego malvado, pero no para ella porque entre sus pies y su calzado, sus sandalias, tenía la marca: unas hojas pequeñas o zacates verdes.

Rotundamente se negó a ir a lo que sabía era un seguro matadero, así que aún en la sombra se inclinó y creyó deshacerse de todas las pequeñas marcas verdes.

Sin saber que no lo logró porque unas se fueron más hacia la parte media de la planta de su pie, salió con su familia, todos en una fila horizontal y mirando al suelo, hacia los vehículos.

Bellatrix sintió de nuevo el terror porque se acercaban a dos seres monstruosos que hacían de colosos vigías a unos metros antes del carruaje que  esperaba a la familia.

Milagrosamente todos, hasta Bellatrix, lograron llegar y subir al vehículo, que estaba al mando de un auriga y bajo la supervisión de una mujer, ambos bajo las órdenes de los monstruos.

La alegría cundió entre la familia cuando el carruaje comenzó a avanzar –o mejor dicho a volar- hasta que alguien notó, por los edificios que pasaban, que no nos dirigíamos a casa.

Entre las voces desesperadas y miedosas, la responsable del grupo se abalanzó hasta el auriga y le ordenó retomar el rumbo. Él le replicó que tenía órdenes de llevarnos a… Bellatrix no logró escuchar, o comprender, el nombre del lugar. Pero la mujer no cedió: Tengo órdenes de llevarlos a … Bellatrix tampoco logró escuchar, o comprender, el nombre del poblado donde se encuentra la casa donde fue acogida.

Persuasiva, la mujer logró que el cochero tomara las riendas de otro carruaje y ella asumió el control del nuestro. El resto del viaje transcurrió tranquilo, aunque con la incertidumbre sobre lo que nos esperaba en el poblado.

Una ligera capa de polvo se levantó cuando el carruaje aterrizó en un terreno rodeado de alambre de púas. A nuestro encuentro salieron, de algo que parecía ser un vagón de tren, dos humanos.

En esa noche terrorífica, nuestro corazón se paró durante los segundos que los dos extraños tardaron en llegar hasta nosotros, que ya habíamos bajado del carruaje pero no nos atrevíamos a caminar.

La mujer les dijo que nos llevaba al poblado por órdenes superiores, pero en los ojos de ellos vimos que ya sabían que éramos fugitivos. Un relámpago iluminó la noche y lo siguiente que vimos fue a uno de los extraños tirado muerto en el suelo y al otro corriendo a otro vagón lejano a dar la alarma.

Nuestros cuerpos brincaron como si estuviéramos sincronizados en el mismo segundo y corrimos con la mirada y la vida puesta en la casa refugio.

Nuestros oídos se negaron a captar sonidos, temiendo escuchar el espantoso chillido y batir de alas, y nuestros ojos se rehusaron a apartar la vista de la anhelada casa para mirar el oscuro cielo por si se aproximaba alguno o algunos de los horrorosos seres alados…

Bellatrix ha muerto. ¿O acaso ha despertado?

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