Chichén, entre serpientes y artesanos


 

La grandeza de Chichén Itzá está a la vista no sólo por su arquitectura sino también en las personas que ofrecen artesanías mientras recorren el verde suelo de pasto o la polvorosa tierra, o esperan pacientes en  sus puestos.

Este 20 de marzo regresamos la familia a Chichén con motivo del Equinoccio de Primavera. Fue una visita inolvidable, como las que hice hace años con mis padres y hermanos, con amigos, y con mi esposo y nuestros dos hijos.

Fue una nueva visita en familia, pero ya los niños ya no lo son tanto y  soportaron más el cansancio de andar por largos senderos bajo los inclementes rayos solares, eso sí con algunas pausas en las que nos sentamos sobre piedras y disfrutamos el refrescante viento bajo un frondoso árbol.

Ahora sí vi y admiré todos los edificios que aparecen en las guías sobre Chichén. Mi primogénito fue capaz de seguirme el paso y aguantarme mis caprichos de “Tómame una foto aquí”, “Ve que salga todo el edificio… pero también yo eh”, “ahora tú, ponte aquí”… Maravillosos momentos. Sólo él, yo y Chichén… más el gentío que logramos eludir en las fotos… a veces.

Cada visita a Chichén está guardada en un baúl diferente de recuerdos.

Como aquella en que fuimos los 10 integrantes de la familia Estrella Santana en un Datsun. Recuerdo muchas risas, el calor sofocante, una lluvia, el pararnos a visitar a alguien en un pueblo cuando regresábamos a Mérida y el deseo oculto de traer alguna vez a mis dos abuelos paternos que se quedaron en casa.

O aquella donde en autobús salimos de la Facultad de Educación, entonces ubicada en la calle 61 con 66 del centro de Mérida. Fue una excursión en la que vi a compañeros(as) conviviendo con cubanas(os) y recorrí Chichén por primera vez con José. Bajo un sol que partía lajas, subimos juntos a los edificios y sudorosos, con las caras rojas, nos tomamos fotos que atesoro. Recuerdo que llevó una camisa blanca, pantalón de mezclilla y unos anteojos ¡horribles!, que me contó historias que me sorprendieron y que comencé a verlo con admiración. Esa que más tarde, años despúes de hecho, nos llevaría a vivir hoy un matrimonio de 14 años, ya casi 15.

Y está esa visita en que subí hasta lo alto de El Castillo. Corría el año de 1994 y vino mi amigo Alvaro, al que conocí en Puebla. Nos fuimos a Chichén en un domingo soleado y cuando regresamos a Mérida llovía. El me animó ¿o me obligó? a subir escalinata a escalinata mientras el vértigo hacía de las suyas y yo luchaba contra el impulso de mirar hacia abajo.  

Mágica es la palabra que más describe esa sensación de mirar al mundo desde la cúspide de El Castillo, con el sol bañandote, el viento refrescandote y unos ojos en los cuales reflejar esa alegría que sentimos.

Ahora, en marzo, mi mente se concentró en las enormes cabezas de serpiente -no me había dado cuenta que hay tantas en Chichén- y en las artesanías buscando aquellas que no se fabrican a montones.

Detrás de las Mil ColumnasEn el osario

 

En El Osario

 

En El Osario

 

Al pie de El Castillo

Buscando, descubrí un felino devorando a una serpiente, por el cual piden 1,500 pesos;  las esculturas coloridas de dos guerreros, de 500 a 900 pesos, un ajedrez cuyas piezas son figuras prehispánicas (en colores verde, rojizo y cafe, mas no blanco ni negro), de 350 a 750 pesos, y grabados de madera en relieve del juego de pelota, 6,000 pesos (que rebajaban a $5,000) o una réplica de “un disco de oro sacado del cenote sagrado”, 3,000 pesos.

La sensación del momento fueron las cabezas de jaguar que por doquiera se ofrecían desde 40 y hasta 120 pesos. Y como era la moda, por todos lados oíamos los “rugidos”, o maullidos en algunos casos, que emitían por el soplo de algún niño y en ocasiones hasta parecía que un “rugido” era respondido por otro, pero no… solo era que mi hijo sonaba el suyo y por allá se acercaba un(a) niño(a)  soplando su jaguar.

Aquí les dejo las fotos de algunas de las artesanías que me gustaron.

 

 

 

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