Mujeres


 

Personas

Las mujeres somos, antes y después de todo, personas.

Yo he conocido a muchas personas con alma de mujer.

Muchas, la mayoría, me han ayudado a sentirme bien como persona.

Pocas, porque hay esa clase de mujeres, me han dejado su energía negativa.

Yo admiro a muchas mujeres, y no sólo porque yo soy mujer… orgullosamente mujer tras recorrer un largo camino de autorreconocimiento como persona con identidad única.

Aquí les describo a algunas de las mujeres que admiro. El orden no tiene nada que ver con jerarquías.

Ella es joven, me ha compartido su vida con sus hermanos, sus sobrinos y sus padres. De ella admiro su alma generosa y empática. Una tarde de esas en que me sentía pésima persona y la duda carcomía mi alma materna, ella me dijo las palabras que fueron un bálsamo para mi corazón. Otro día se ofreció en ayudarme a mejorar en algo que no es uno de mis rasgos fuertes. Las veces que nos encontramos nos sonreímos y yo sé que ella es una persona solidaria, admirable.

Ella tiene una alegría a flor de piel, lo cual no significa que no tenga problemas por supuesto. Ella es amiga prácticamente de todos. Yo me veo reflejada en ella porque ambas somos madres y esposas. La admiro por su alegría, por su entusiasmo, porque me regala su confianza y porque compartimos nuestras experiencias para ayudarnos o simplemente porque sí. Yo le agradezco mucho su apoyo, como en las reuniones porque a mí se me dificulta el arte de relacionarme con personas que veo por primera vez.

A ella la conocí hace poco más de un año. Cuando nos correspondió hacer la pizarra en nuestro trabajo. Fue toda una revelación encontrarme con una persona que conjuga alegría, vitalidad, compromiso, generosidad para ayudar, profesionalismo… Aunque a veces la veo inalcanzable, un día me vi pensando en que me gustaría ser como ella, contagiarme sobre todo de su vitalidad.

Ella fue para mi conciencia como un sismo. Platicábamos de temas laborales y estudios, hasta que un día tuvimos una charla de mujeres y fue toda una revelación. De un trancazo me sentí una mujer ya no tan joven y de mente estrecha. Ella me regaló la oportunidad de descubrir tan cerca de mí a una mujer que rompe esquemas sociales, sobre la maternidad y  la crianza del hijo por ejemplo.

Ella es la joya de la corona de mi mamá y, ciertamente, de todas las hijas es la cara de nuestra mamacita. Pasó de ser una niña hermosa a una joven hermosa que caminaba con la nariz alzada y hambrienta de miradas varoniles. Hoy camina seguida de su hijo mayor y, más recientemente, con su bebé en brazos. Yo la admiro, y envidio, porque disfrutó más que yo su adolescencia, tiene sentido del humor, sabe lo quiere, ha logrado que su pequeño hijo sea ya una persona  independiente y segura en muchos aspectos, y es la que está más pendiente de nuestros padres. Con ella nos divertimos a cántaros a costillas de todos, incluyéndola a ella misma.

Ella es la hermana mayor. Nos divertimos mucho de niñas, incluso tuvimos nuestras peleas jalándonos del cabello. Nos cuidó siendo ella niña, joven y ahora mujer. De ella admiro su fortaleza en las adversidades, y su generosidad con su tiempo y dinero para la familia. Ella nos prestaba ropas, nos regalaba pastel para cada cumpleaños y fiesta especial, como los bautizos, bodas y XV años. Hoy ella ha comenzado su propia familia y conoce la dicha de cuidar a un hijo propio. De ella y de mi primera hermana menor también les admiro esa energía suya para dejar impecable su casa, cocinar, lavar…

Ella es la bebé de la casa y mostró tal audacia que a mí me asustó que tomara tal decisión apenas llegando a la mayoría de edad. De ella admiro esa constancia, yo seguramente ya habría claudicado, y ese  talento para hacer peinados, así como ropas para muñecas. Ella apenas comienza su vida y de corazón deseo que tenga poquísimas tristezas y muchísimas alegrías.

Ella es la de ojos grandes y hermosos, muy expresivos. La recuerdo cuando la trajeron recién nacida, toda roja. Ella y yo nos reímos hasta las lágrimas con nuestras remenbranzas, compartimos nuestros libros, y también nuestro gusto por dormir y por eso nos llaman las bellas durmientes. De ella admiro que le hace frente a las presiones familiares y no cede a ellas, vive a su propio ritmo rompiendo esquemas para hacer los suyos propios. 

Ella es mi faro, como escribí en este blog en una ocasión. Fui, soy y seré en gran parte gracias a lo que ella sembró en mi corazón, en mi mente y en mi alma. De ella admiro todo. Su enorme fortaleza ante las duras circuntancias que vivió desde su infancia,  su perseveracia y esfuerzo propio para superarse y hacernos mejor familia, su ejemplo de trabajar, trabajar… para algún día cosechar; de tener esperanza en Dios, en los demás y en uno mismo, de creer; de no rendirse ni siquiera en el matrimonio; de cuidar de los ancianos, sangre de nuestra sangre…

De todas las grandiosas mujeres que conozco, las de mi familia tienen un lugar sagrado en mi corazón porque todas ellas han sido y son las columnas que sostienen a mi familia. Con sus palabras y actos no sólo han cuidado y amado a mis hijos, y lo siguen haciendo, sino también de mí y a mi matrimonio.

Para mí es todo un orgullo ser, como ellas, mujer.

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