El chico de la docena de años


Y llegó el 30 de noviembre de 2010. Han pasado 12 años desde aquella noche que lo vi por primera vez, todo rojo envuelto en una tela de hospital, y escuché por ocasión primera su llanto.

Nuestra primer noche juntos fue muy fría. Yo que soy muy friolenta, tiritaba bajo una sábana delgada en una cama hospitalaria y él dormía en un cunero con un foco de esos que ponen encima de los recién nacidos.

Su llanto lo llevó junto a mí, tras pasar por los brazos de una enfermera, y dormimos por primera vez juntos, en esa su primera noche en este mundo.

Muchas noches durmió boca abajo sobre mi pecho, o a un costado mío, algo que su hermana menor jamás hizo porque ella prefirió dormir en su “tu” o en su cuna, en su propio espacio, y ya desde entonces revelaba su alma independiente o autónoma.

Hoy ya no duerme conmigo, desde hace muchos años ya, pero ilumina mi vida como desde aquella noche del lunes 30 de noviembre de 1998.

Anécdotas hay muchas, pocas tristes, y la mayoría felices, jocosas…

¿Cómo quieres que te diga? ¿Pedro o pedrito? le preguntó alguien un día cuando apenas tenía unos cuatro o cinco años.

¡Chinito!

Contestó y surgió una de los recuerdos más simbólicos de nuestra vida en familia.

Hoy el chinito ha recopilado otros tantos sobrenombres, la mayoría por obra de su abuela y sus tíos: negro, jamón, chano, enano, peluche, Tomy, Pedro chile, y otros.

Este año su aniversario lo festejamos con la familia, y se rompió la tradición de hacerlo en su salón de clases.

Comimos su comida preferida, empanizadito de pechugas de pollo;  le cantamos alrededor de su pastel de tiramisú y todos posamos para las fotos.

Este 2010 le trajo muchas experiencias en su vida, y a las nuestras también, como el hacer su Primera Comunión y cumplir 12 años, esa edad en que una persona deja de ser niño ante la ley y ya puede ser penalizado.

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