Mi faro


 

En cada vida hay otra vida que fue, es y será fundamental.

En mi vida, la vida de mayor trascendencia vio la luz primera un 29 de noviembre, aunque hoy su credencial del IFE certifique que lo hizo un 1 de diciembre.

Su vida temprana fue durísima porque asumió el rol de jefa de familia cuando apenas dejaba su niñez y, poco después, se vio inmersa formando su propia familia que con el devenir de los años se tornó en numerosa descendiente.

Yo soy la cuarta rama que nació de ella y de mi padre. El primógenito murió a los seis meses de nacido, el segundo está cerrando su trigésimo noveno aniversario vital; la tercera me está sorprendiendo por sus temerarias decisiones y yo, aquí escribiendo estas líneas.

Hay un quinto, una sexta, un séptimo y una octava frutos de las raíces que se unieron hace varios decenios. No pregunten cuántos.

De mi faro tengo muchos recuerdos infantiles. Uno es cuando se ponía su pañoleta, señal de que íbamos a ordenar la ordenada casa y a mover muebles de aquí a allá y nuevamente a allí.

Otro es de ella en una silla de hospital, velando por mí en mis incontables episodios de males respiratorios que me convirtieron en huésped frecuente del Juárez y a ella, en enfermera, aprendiz de doctora y quizá tormento insistente de los médicos. En casa la esperaban mis tres hermanos, dos niños mayores que yo y un bebé, así como los interminables quehaceres y oficios para completar el gasto familiar.

Uno más es ella enseñándome a leer y escribir, en una época en la que había que llenar planas con bolitas, palitos, bastoncitos, trazos en zigzag… Mi memoria fiel guarda mis primeros libros: uno de Rebsamen, con su inolvidable lectura del chino, y Mi libro mágico.

Ella sembró en mí ese hambre de saber, leer, preguntar, investigar.

Ella plantó en mí ese afán de estudiar como flecha con la mirada fija en tener una profesión. “Nosotros no les dejaremos más herencia que su educación, así que aprovechenla”.

Era una época en que estudiar era sinónimo de prosperar. Hoy ni con un doctorado hay la certeza de que conseguirás un empleo que satisfaga siquiera tu hambre fisiológica.

Ella surció en mí la certeza de que el amor es volatil, inseguro, pero ello no impidió que yo cayera en fugaces enamoramientos platónicos hasta que me arrojé ciento por ciento segura, bueno digamos mejor 99%,  a la incertidumbre de una vida en pareja.

Ella cinceló en mí los valores de la fe en Dios, el trabajo honrado y bien hecho, la solidaridad entre hermanos, lo importante de la familia, las responsabilidad que implica tener hijos, y más.

Ella sembró en mí la semilla que hoy me hace ser desconfiada porque he descubierto que hay tanto personas buenas como malas; el ejemplo del alto costo de la ira explosiva, aunque eso tampoco impide que yo libere mi violencia… pues soy humana, aunque hoy  me digan, sarcásticamente por supuesto, “Perfecta”.

Ella me enseñó a hablar con Dios, puso en mis manos mi primer catecismo, en mis manos mi primer rosario y en mi corazón mi fe católica…

Claro eso no cerró mi mente para que yo descubriera que el clero puede ser el infierno y que los dogmas dejan sin respuestas a las inteligencias  curiosas, inquisitivas.

Ella me recordó recientemente, en un momento de crisis extrema: Tus hijos esperan de tí, tú eres responsable de ellos. No puedes permitirte derrumbarte. Y se hizo la luz nuevamente en mi vida, esta que agoto poco a poco con la esperanza de no fallar en mi obra magna: mis hijos.

Y no importa que me digan anacrónica, porque yo sé que ser hombre o mujer ayer, hoy o mañana no implica a renegar de tus hijos, y sé que los hijos son quienes, a fin de cuentas, dicen quien eres en esencia, porque uno los forma o deforma a su imagen y semejanza.

Mi madre fue, sin que yo lo supiera durante años, es y será mi faro.

Afortunada fui, soy y seré… porque hay vidas que transcurren sin una guía que les lleve a tierra firme y se debaten entre las olas traicioneras y tempestuosas que hay en este siglo en curso.

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