Concierto… no de las mil columnas


 

El tacto y la presencia física son riquezas que a veces desperdiciamos.

La noche del miércoles no fue una de esas ocasiones.

Extraordinariamente, salí del trabajo a las ocho de la noche y llegué a la casa justo cuando los niños se disponían a dormir.

En el trayecto a la casa me dije que llegaría a tiempo para un programa de televisión que comenzaría a las nueve. Había vistos los anuncios muchas horas antes pero al verlos me dije “A esa hora estaré saliendo del trabajo, si es que tengo suerte”.

La tuve y la tuve toda conmigo. Porque mi niña, como es su costumbre, me pidió que le cantara para que duerma.

El cuadro empezó mejor. A mi primogénito se le ocurrió que su papá le pusiera el CD de la Biblia y allá fue su padre a darle gusto.

En la hamaca bajo el sol

En la hamaca bajo el sol

El vaivén de las hamacas de mis dos hijos, con un poco de mi ayuda y mucha de los pies de mi primogénito, tuvo como fondo el relato de la Creación, Adán y Eva, Caín y Abel, y Noé y el Diluvio… Hasta ahí avanzó el CD porque llegó la hora de mi “concierto de las dos hamacas”, que no le hace para nada competencia al reciente de Chichén pero tiene alta demanda cada día que descanso en el trabajo.

Lo mejor fue que mientras entonaba mi habitual repertorio de canciones católicas,  mi hija me tomaba de la mano y me acariciaba con uno o dos dedos.

¿Qué más se le puede pedir a la vida si tienes hijos como los nuestros, míos y de José?

Dios me miró y tocó esta noche. Ojalá todos pudieran vivirlo.

Yo soy muy afortunada

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